AGUAS DE ACUARIO
- Anastacia Borovskiy

- 13 may 2019
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 31 may 2019
Como cada día, el sol se eleva grandioso por encima del horizonte iluminando con colosal fuerza la tierra que yace a sus pies. Como cada jornada, se escuchan las voces de centenares de personas yendo y viniendo: unas felices, otras no tanto, mirando curiosas, otras no, el acuario que tienen ante ellas. Como cada amanecer, a los animales marinos les llega el turno de despertarse y comenzar a repetir la rutina que tanto ya conocen. Cada día es una copia exacta del anterior, sin ningún cambio ni mejora que lo pueda modificar. “Es como vivir en bucle. Me pregunto si alguna vez algo cambiará… Me pregunto también cuándo todo esto terminará.” Este es uno de los pensamientos más usuales de un solitario delfín que pasa los días y las noches anhelando, despierto o soñando, algún ápice de esperanza que modifique su rutina. A parte del agua opaca del acuario no conocía nada más a lo que observar. Y a parte de las voces y los aplausos de las personas, no tenía nada más a lo que prestar atención y escuchar. Pero para qué ocultarlo, esa monótona vida no le llamaba la atención… pero tampoco conocía ninguna otra con la que poder compararla.
Un día, tan soleado como todos los que lo precedían, el delfín de tacto suave como el algodón fue llevado a su rincón regular tras una jornada idéntica al resto de jornadas. Cuando los rayos de sol se hubieron escondido por completo, el joven delfín percibió unos sonidos totalmente nuevos para él que venían del acuario de su lado. Miró especialmente curioso a través del cristal que se extendía ante sus ojos color azabache. Con un movimiento elegante pero al mismo tiempo taciturno, una cola nívea se dejó entrever al otro lado del cristal. La cola se desplazó más y más hasta que permitió apreciar el resto del cuerpo al que estaba unido. Una preciosa beluga nadaba melancólica por las aguas del acuario; ante tal bella y armoniosa criatura el acuario parecía hacerse aún más pequeño. Ella, cuando descubrió al delfín admirándola maravillado a través del cristal, decidió comenzar la conversación con una simple frase:
-¿Qué es este sitio? ¿Por qué estoy aquí... sola?- a la beluga parecía rompérsele la voz a medida que preguntaba aquello a lo que ningún animal de este acuario podía contestar.
-Lo lamento, beluga... Entiendo tu sufrimiento y tu angustia.
-Tú... ¿llevas mucho tiempo en estas aguas?- preguntó la beluga con ojos aciagos.
- No sé ningún otro lugar que no sea este. Nací aquí, vivo aquí y moriré aquí... Todo lo que conozco se encuentra aquí: mis padres, las personas aquellas que nos entrenan, el agua, la comida, el color celeste del cielo...
-Eres dichoso por tener a tus padres cerca tuyo. Los míos, por otra parte, están...- el delfín mantuvo silencio a la espera de que la beluga continuara con su relato; se podía prever que la criatura había pasado por momentos trágicos antes de llegar a este desdichado lugar.- Me encontraba nadando serena por las cristalinas aguas del océano en compañía de mis progenitores. Íbamos de camino a nuestro hogar cuando un pequeño grupo de orcas, no tan pequeñas, nos rodearon amenazadoras. Sentí mucho, mucho miedo ante lo que nos pudieran hacer esas orcas.
-Mis padres estaban igual de asustados que yo. Pero por más miedo que sintieran, lo único que les importó a ellos fue que yo estuviera a salvo. Me ordenaron que me fuera nadando tan rápido como mis pequeñas aletas me lo permitieran; lejos, muy lejos de allí. Y así hice: nadé y nadé. Nadé hasta que mis aletas me avisaron exhaustas de que había rozado mi límite y de que tenía que frenar y reposar. Y así lo hice nuevamente. Lo único que me animaba a seguir nadando era pensar en que mis padres volverían sanos y salvos a nuestro hogar...- concluyó diciendo la beluga, intentando mostrarse inmune al dolor del recuerdo que ese momento le producía. Pero el delfín dedujo fácilmente que los padres de ella nunca llegaron, ni llegarán, a casa.
-Y tras horas y horas nadando sin rumbo fijo sentí cómo algo de forma alargada y puntiaguda se clavaba inesperadamente en mi aleta izquierda. Fue un pinchazo rápido y casi imperceptible para mí en aquel instante. Después de que aquel afilado objeto entrara en contacto con mi cuerpo, no consigo recordar nada más aparte de ser trasladada a este lugar. Es todo tan confuso y tan oscuro a la vez... me pregunto para qué me querrán en este sitio. ¿Nos matarán?- al preguntar esto último la beluga se mostró verdaderamente preocupada.
-No, claro que no. No te preocupes...- el delfín no estaba muy convencido con su respuesta, pero prefirió no preocupar aún más a la indefensa beluga que nadaba nerviosa antes sus ojos. Esa era sin duda una pregunta que llevaba haciéndose a sí mismo desde hacía muchos años.
-Añoro el océano... añoro sus sonidos, sus vistas, sus olores...
-Y, ¿cómo es, el océano?- preguntó el delfín un poco avergonzado. Le irritaba el hecho de ser una criatura marina y no saber el aspecto del que se suponía que debía de ser su hogar.
-Es un lugar verdaderamente inefable; no te puedes imaginar cuánto. Nadar en sus aguas es un lujo que alivia profundamente el alma de cualquier animal, sin importar de cual se trate. No tiene nada que envidiar al agua de este acuario, que por cierto, no entiendo por qué está tan sucia. Pero no puedo hablar del majestuoso océano y sus tesoros solamente mencionando sus aguas. Este es un ecosistema riquísimo en cuanto a una colosal variedad de seres vivientes que conviven día tras día, noche tras noche en él. Hay tantas ballenas, pulpos, cangrejos, focas, caballitos de mar, peces globos... y delfines.- El joven delfín la miró con gesto triste al escuchar esto último. En el fondo le alegraba el corazón saber que existían otros delfines que tenían el privilegio de vivir una vida salvaje, pero por otro lado se reconcomía de envidia porque él también deseaba gozar de ese privilegio.
-Me encantaría vivir todo lo que acabas de describir algún día...- las dos criaturas a las cuales se les arrebató la libertad se miraron con complicidad. Habían encontrado en el otro aquello de lo que sus almas carecían.
Los minutos, las horas, los días y las semanas comenzaron a transcurrir, rápida o lentamente, y aquella monotonía de antaño de la vida del delfín había ido desapareciendo. Cada día se había vuelto ligeramente distinto al anterior: nuevas conversaciones, nuevas bromas, nuevas historias iban surgiendo a la par que surgía una preciosa amistad entre el joven delfín de tacto de algodón y la preciosa beluga blanca. Cada día cuando se daba por acabada la jornada, las dos criaturas se encontraban a través del cristal que los separaba y que curiosamente había acabado por unirlos, tal y como se une un lazo irrompible.
Un día, tan caluroso como todos los que lo precedían, el delfín y la beluga se dieron cuenta de que estaban siendo trasladados de lugar y que se desplazaban a algún otro que desconocían. “Ojalá estemos siendo llevados a un acuario donde el agua esté un poco más limpia.” Dijo juguetona la linda beluga. Tras un mudanza no muy larga, llegaron a un nuevo acuario. O lo que era lo mismo, un nuevo lugar donde vivir.
Este acuario era sutilmente distinto al anterior: sus aguas eran las mismísimas aguas del extenso océano que tocaba la costa donde se situaba el semicircular anfiteatro que sería ocupado por el público. La parte que sería ocupada por ellos, los animales, estaba rodeada por un elevado muro de cristal. Este era el único impedimento hacia la libertad absoluta que se mostraba ante la beluga y el delfín. Este último recordó fugazmente las palabras de su anciano progenitor, que con mirada cansada le solía decir:
-No seas cabezota y aprovecha las clases de acrobacias que se te brindan. Aprende a saltar y saltarás más allá del sol si así lo deseas. No sabes cuándo te podrá hacer falta.
Con estas palabras en su memoria miró al muro de cristal para seguidamente lanzar otra mirada a la beluga. “Es ahora o nunca. Debemos intentarlo” Pensó decidido el joven delfín, dándose cuenta de que con un solo salto podrían llegar a la libertad que tanto ansiaban.
La beluga con tal solo mirar los ojos azabaches del delfín entendió a la perfección el plan que su amigo tenía entre aletas. La criatura blanca fue la primera en avanzar hacia su liberación, seguida de cerca por el mamífero. Se alejó levemente del muro y comenzó a nadar lo más rápido que sus cortas aletas de beluga le permitían, hasta realizar un salto capaz de embelesar a cualquiera con la belleza y soltura que desprendía. Cuando llegó nuevamente al otro lado del océano de cuyas aguas habían sido privada la beluga, se sintió absolutamente boyante. Tras unos segundos de espera cortos, el delfín apareció rebosante de felicidad a su lado. El delfín de tacto suave no podía ocultar la alegría que sentía. Su sueño se había cumplido.
Cuando ya se comenzaban a alejar del acuario, la beluga le hizo una pregunta a su amigo delfín:
-¿No te apena dejar a tus padres en este sitio y separarte de ellos?
-Se sentirán orgullosos cuando se enteren de nuestra hazaña. Estoy seguro de que serán felices sabiendo que por fin he podido probar el sabor de la libertad. Que no te quepa duda…
Abril 2019


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