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VIAJE AL "PLANETA AZUL"

  • Foto del escritor: Anastacia Borovskiy
    Anastacia Borovskiy
  • 10 may 2019
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 31 may 2019

Observando desde la ventanilla de un cohete, pocas cosas pasaban desapercibidas. Ya fuera de Zarda, el paisaje que nos rodeaba solo se podía resumir en pocas palabras: inigualablemente magnífico. El espacio exterior había sido un lugar que siempre había querido observar desde que descubrí que existía, ya que las imágenes que se toman de él presentan solamente una muy pequeña parte de toda la magia que posee. Del mismo modo, muy pocas personas han tenido el placer de disfrutar de él en persona... de la manera en la que estoy disfrutando yo en este mismo instante, observándolo en primera fila desde la estrecha ventanilla del copiloto.

Era inevitable no emocionarse ante tal espectáculo. Una amplia sonrisa se había dibujado en mi rostro desde el preciso momento en el que habíamos surcado el cielo rumbo al espacio, de la misma forma en la que sonríe un niño pequeño al recibir su tan ansiado regalo de cumpleaños.

En cuanto recibí la oferta de mi superior comunicándome que estaba entre los escogidos para viajar al "Planeta azul" como especialista en plantas terrestres, no dudé ni un segundo en aceptar.

Eran demasiadas las ganas que tenía de viajar fuera de Zarda e irme a algún otro planeta que no estuviera tan dañado como éste. En los últimos siglos, el que había sido hogar de tantas especies de seres vivos estaba siendo destruido justamente por algunos de ellos: los tacets. Además, Zarda se había convertido en uno de los planetas más ancianos del universo.

Lo que antes se conocía como el planeta del cielo puro, ahora se conocía como el planeta del cielo contaminado. El cielo, antes pintado de un precioso y tenue color violeta, ahora se había teñido con un triste y abrumador color gris. Por su parte, el mar, antes destacado por su infinidad de tonos violetas, ahora se podía observar reflejado con el mismo tétrico color del cielo que se extendía encima suyo. Y de la naturaleza poco había que comentar... los tacets que habitamos Zarda no dejamos nada tras nuestra continua "evolución" y la gran sobrepoblación que se había formado. Al extinguirse la mayoría de animales de los cuales tomábamos alimento como los mátalos y las cardas, no tuvimos otra opción que comenzar a alimentarnos de todo el alimento que aportaban las plantas, hasta llegar a un punto en el que estas también acabaron extinguiéndose. Fue entonces cuando los tacets comenzamos a crear nuestro propio y artificial alimento a través de diversas fábricas. Todo este infierno comenzó hacía más de siglo y medio, y desde entonces, millones de personas habían fallecido por culpa de la artificial y dañina comida que consumían. A causa de todas estas razones no podía esperar más a que el cohete aterrizara finalmente en nuestro destino final.

El "Planeta azul" al cual nos dirigíamos, ya había sido visitado anteriormente por los zardianos. La primera vez fue hace miles de millones de años, y en aquella primera e importante expedición, el equipo especializado que viajó hasta ahí dejó unas cuantas células eucariotas, tanto animales como vegetales, tras demostrar que aquel lugar era totalmente habitable por seres vivos semejantes a los de Zarda.

Un millón de años después, otro equipo volvió a viajar hasta ahí para comprobar todo el proceso por el que hubiera podido pasar este planeta. Tras observar que todas aquellas células que dejaron sus antecesores habían evolucionado exitosamente, decidieron volver a dejar más células animales, esta vez para comprobar si era posible que estas evolucionaran y dieran lugar a seres taztianos lo más parecidos posible a ellos.

Unos cuantos milenios más tarde, ya en la actualidad, otro grupo formado por distintos científicos y astronautas volvemos a viajar al "Planeta azul" para ver la evolución de todos aquellos experimentos hechos antaño.

Cuando ya faltaban pocas horas para aterrizar en nuestro destino, comencé a recordar todas aquellas imágenes y recuerdos que vi y escuché antes de subir a bordo del cohete en el que me encontraba. Una muy, muy lejana antepasada de mi familia que participó en la segunda expedición al "Planeta azul" guardó una vez todos sus recuerdos en un Ejelek, cristal de color esmeralda cuyo objetivo principal era poder "inmortalizar" recuerdos, imágenes y pensamientos de la persona que lo posee. Esta reconocida astronauta inmortalizó todas sus agradables impresiones en cuanto aterrizó junto a todo el equipo al azul planeta.

-"Llegados a este punto, pocas cosas pueden sorprenderme tanto como este inigualable lugar".

"El cohete 0026 acaba de realizar su aterrizaje en un extenso terreno cubierto en buena parte por cuatro caudalosos ríos, cada uno rodeado por una extensa y frondosa vegetación. Al parecer, la introducción de células vegetales y animales ha sido un éxito. Sería maravilloso si aquellas personas que hicieron realidad esto pudiesen estar aquí para ver todo lo que han conseguido".-

Todas estas palabras, junto a las imágenes que presentaba el Ejelek, hicieron que mis ganas por pisar el "Planeta azul" crecieran cada vez más y más a cada metro que faltase para aterrizar.

Las imágenes que el Ejelek contenía eran realmente el sinónimo de paraíso. Aquellos cuatro majestuosos ríos representados en las imágenes presentaban unas cristalinas aguas que, si observabas atentamente, podías diferenciar en ellos el reflejo de los árboles y flores que los rodeaban. El sol dejaba al descubierto sus últimos rayos de luz del día antes de esconderse tímidamente en el extenso horizonte, el cielo estaba decorado con diversos seres voladores y unas blancas nubes que se asemejaban a unos algodones de azúcar cuidadosamente enganchados sobre un infinito lienzo celeste. Al fondo se podía observar una enorme cascada que deslumbraba vigorosa entre los frondosos árboles del bosque, mientras que sus aguas caían elegantes hasta llegar al lago que se encontraba decorando sus pies. Mientras más observabas las imágenes, más te hechizaban con la pureza y la belleza que desprendían. Además, en este magnífico paisaje también habitaban toda especie de animales desconocidos para mí: unos surcaban los cielos en un ligero aleteo de alas, otros, se desplazaban rápida o lentamente por las fértiles tierras que pisaban sus pies... Y a parte de toda la belleza que consiguen captar los ojos con estas imágenes en movimiento, si los cierras, el espectáculo continúa con una suave y preciosa orquesta de sonidos formulados tanto por los cantares de los animales como por el vaivén de las aguas de los ríos y las cascadas...

No podía esperar más a poder volver a observar ese lugar, pero esta vez con mis propios ojos, y poder estudiar cuidadosamente todas las plantas que pudiera. Para mi grata fortuna, el cohete iba a aterrizar en la misma localización antes descrita. Por lo cual, en menos de una hora, mis cinco sentidos podrán disfrutar plenamente de aquella maravillosa naturaleza, pero esta vez en persona.

El cohete 0027 ya comenzaba a aterrizar y mis nervios no cesaban. Cuando este ya hubo tocado tierra, sentí como mi corazón abandonaba mi pecho para dirigirse ávidamente hacia el exterior. Pero al ver lo que había rodeando el cohete, volví a sentir como si mi corazón se me escapara del pecho, pero esta vez para romperse en pedazos.

Mi primer pensamiento al ver aquel lugar fue: ¿Seguro que hemos aterrizado en el lugar correcto? No se parecía en nada al paisaje que el Ejelek me había hecho admirar días atrás.

El cielo que antes era celeste y brillante a la luz del día había acabado perdiendo toda su fuerza inicial para acabar conteniendo un aire abrumador e imposible de respirar libremente. Ya no había la cantidad tan impresionante de árboles y flores de antaño, solo se podía observar una árida y seca tierra, la cascada que antes se encontraba en el fondo había perdido todas sus cristalinas aguas y el lago que decoraba sus pies había desaparecido.

Una lágrima de tristeza y frustración comenzó a caer lentamente por mi mejilla mientras yo no dejaba de preguntarme: ¿Hasta aquí hemos llegado los tacets...?

Desafortunadamente parecía que no solo los humanos del planeta Zarda habíamos ido destruyendo nuestro planeta siglo tras siglo, sino que los habitantes de este planeta habían seguido el mismo camino... Nuestro planeta, lugar el cual nos da alimento continuo y tierra donde poder vivir. Y así es como nosotros, los tacets, se lo agradecemos día a día...destruyéndola con cada acto nocivo hacia él. Aparentemente, el "Planeta azul", planeta en el cual habíamos puesto todas nuestras inocentes e ingenuas esperanzas, iba a acabar de la misma forma, destruido.



Mayo/Junio 2018

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